El 7 de enero de 1918 en el dietario de Manuel Machado

Fue en el ejemplar de El Liberal de 7 de enero de 1918 donde se publicó la sección semanal con la que Manuel Machado se comunicaba con sus lectores titulada Día por día. De mi calendario. Entre otras colaboraciones que enriquecían la lectura de ese periódico en ese día había un artículo del periodista  Adolfo Marsillach (n.1868) explicando por qué los concejales liberales habían decidido apoyar la elección del candidato republicano Manuel Morales Moya para la alcaldía de Barcelona frente al candidato de la Lliga regionalista el conservador Martínez Domingo.

Pero la preocupación de Manuel Machado ese día se centró en denunciar el asesinato de un joven de 23 años Eugenio Rodríguez García sucedido la noche de la festividad de los Reyes Magos en la madrileña Plaza de los Mostenses, que él veía como un símbolo de hondos defectos existentes en una sociedad española, en la que abundaban rasgos crueles y violentos. Sus reflexiones, acompañadas de una ilustración de Manuel Marín, fueron las siguientes.

 

Lunes 7 de enero de 1918

Ricardo Marín 7 enero 1918

Las cosas tienen, indudablemente, un alma. Menos compleja que la nuestra, pero harto más clara y determinada. La boca estúpida de un cañón revela una brutalidad irremediable. Duerme un incendio en la pólvora, una carnicería en cada cuchillo; en la punta aguda de un puñal, una intención homicida. El diablo carga escopetas, pistolas o revólveres. Y, cuando el mismo no las dispara, es una mano criminal quien finalmente oprime el gatillo.

Nada se perderá con que la ley elimine de la sociedad al matador de Eugenio Rodríguez en la noche de Reyes. Es más, sólo el hecho de llevar consigo el arma siniestra bastaría, a mi jucio, para separarlo del comercio humano. Pero ese miserable tiene cómplices a quienes hay que perseguir y extirpar sin conmiseración. Y son esos cómplices la barbarie, la incultura, la majeza matona, la superstición, la sombra, el alcohol, y, sobre todo, el revólver. Ese revólver infame y barato, cuya alma criminal dormía agazapada, esperando la mano brutal e insensata que la despertara.

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