El 14 de enero de 1918 en el dietario de Manuel Machado: el affaire Caillaux

Joseph Caillaux (1863-1944) fue un prominente político de la Tercera República francesa. Siendo primer ministro y líder del partido radical había promovido una política de conciliación con Alemania que le llevó al mantenimiento de la paz durante la crisis de Agadir de 1911.

En 1914 renunció a seguir siendo ministro de Finanzas después de que el 16 de marzo de ese año su esposa Henriette asesinara al editor de Le Figaro, Gastón Calmette, cuando éste quiso publicar una carta íntima escrita por Caillaux, en el marco de una campaña de denuncias del comportamiento corrupto de ese político. Fue exculpada porque su abogado adujo que “fue víctima de la desenfrenada pasión femenina” lo que convenció al jurado, compuesto exclusivamente por hombres.

Luego Caillaux se convirtió en el líder del partido por la paz en la Asamblea francesa durante la Gran Guerra. Esa posición le granjeó numerosos enemigos que le acusaron de traición a la patria por lo que fue arrestado y sometido a juicio. A este affaire se refiere Manuel Machado en las reflexiones que plasmó en su dietario correspondientes al 14 de enero de 1918, publicadas en El Liberal, e ilustradas por Ricardo Marín. En ellas se manifiesta su francofilia, común a amplios sectores de la “intelligentsia” liberal y demócrata española de aquel momento.

Lunes 14 enero 1918

Desde la muerte de Gaston Calmette por madame Caillaux, un genio trágico y siniestro preside las fortunas del gran político francés, jefe del partido radical. Nos cuesta trabajo y pena grande creerle traidor a su patria y vendido al oro alemán. Sabemos, sin embargo, que en su preparación sistemática de la guerra Alemania ha sembrado, ha procurado sembrar la corrupción derramando el oro por doquiera.

Caillaux – con todo- nos parecía demasiado alto para caer tan bajo. Prisionero hoy, sometido a un terrible proceso, sujeto a una justicia rápida, definitiva e inapelable, fuera cobarde y pobre en nosotros el afrentarle con el amargo recuerdo de sus frases crueles y despectivas para España, y el no desear de todo corazón que su nombre salga limpio de esta sombría tormenta, y que se descargue y justifique de las tremendas acusaciones que hoy lo agobian.

Lo que sí nos conviene es recoger esta soberbia lección de vida que nos da, una vez más, Francia admirable, desbridando a la luz del día sus heridas para aplicarles el sano cauterio antes que la gangrena de los falsos pudores pueda envenenarlas, llevando a la barra, sin miedo al escándalo, sin más consideración de la que alcanzaría un ciudadano innominado, a uno de sus más altos prestigios políticos, jefe de un partido, muchas veces ministro, ex presidente del Consejo, dueño aún hoy mismo de una fuerte opinión y millonario por añadidura.

Ricardo Marin 14 enero 1918

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