Historia digital: mis favoritos de enero 2016

Desde la primavera pasada me he propuesto hacer un seguimiento de las nuevas prácticas de trabajo que están surgiendo en el ámbito historiográfico gracias al uso intensivo de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Como continuación de esa labor, que se puede apreciar en diversas entradas de esta bitácora, destaco ahora una serie de iniciativas, proyectos y actividades de historiadores digitales que me han llamado la atención a lo largo del mes de enero de este año 2016.

Por una parte presento cuatro proyectos, surgidos dos en Francia, uno en España y otro en Estados Unidos.

Uno es el EHNE, puesto en línea el 11 de enero pasado. Se trata de una enciclopedia bilingüe (francés e inglés) que se enriquece periódicamente por las contribuciones de los investigadores del LabEx EHNE que pretenden elaborar una nueva historia de Europa.

Está estructurada en torno a grandes temas que definen las cuestiones relevantes de la historia europea, pero contiene también noticias breves sobre cuestiones precisas. Todas las entradas disponen de breves orientaciones bibliográficas para permitir a los lectores profundizar en los asuntos que les interesen.

La coherencia de la Enciclopedia es responsabilidad de su comité de redacción formado por los miembros de los siete ejes temáticos del LabEx que son los siguientes: 1º) Europa como producto de la civilización material: los flujos europeos; 2º) Europa en una epistemología de lo político; 3º) El humanismo europeo o la construcción de una Europa “para sí”: entre afirmación y crisis identitarias; 4º) Europa, los europeos y el mundo; 5º) La Europa de las guerras y trazas de las guerras; 6º) Una historia  “genrée” (¿generizada?) de Europa; 7º) Tradiciones nacionales, circulaciones e identidades en el arte europeo.

EHNE 2

El segundo es el proyecto ENCCRE (Edition Numérique Collaborative et Critique de l’Encyclopédie) que pondrá en línea a lo largo de 2017 la primera edición crítica de la Enciclopedia o Diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios (1751-1772), codirigido por Diderot, D’Alembert y Jaucourt.

ENCCRE

El tercero es el proyecto Mnemosine, impulsado por varios grupos de investigación (ILSA, LEEHTI, LOEP), de la Universidad Complutense, y por informáticos y bibliotecarios como José Luis Bueren, responsable de la biblioteca digital y de los sistemas de información de la Biblioteca Nacional. Tuve la oportunidad de conocer la interesante labor que están llevando a cabo los integrantes de Mnemosyne gracias a asistir a un seminario, organizado el pasado 28 de enero por las profesoras Dolores Romero López y Amelia del Rosario Sanz Cabrerizo, en el que mi colega Juana Mª González García presentó una comunicación sobre Indice Literario, la revista dirigida por Pedro Salinas, que fue el principal resultado de la sección Archivos de Literatura Contemporánea creada por el Centro de Estudios Históricos de la JAE en 1932, durante la Segunda República española, como expuse recientemente en un texto en el que presenté las principales etapas de esa institución científica. (ver aquí), mi contribución al catálogo de la exposición La ciencia de la palabra. Cien años de la Revista de Filología Española, de la que fueron comisarios Pilar García Moutón y Mario Pedrazuela.

Mnemosine

Mnemosine está concebida como una Biblioteca Digital de La otra Edad de Plata​. Reúne un repertorio de textos y autores que han permanecido a la sombra de las grandes figuras literarias del primer tercio del siglo XX. La biblioteca pretende ser un laboratorio en el que se puedan cruzar datos​, anotar textos, implementar herramientas digitales, compartir textos anotados y todo lo​ que permita ​valorar nuevas claves de investigación y de lectura cultural.

Por ahora está organizada en torno a las siguientes colecciones:

Mnemosine colecciones

En cuanto al proyecto norteamericano se trata de Visualizing Cultures, dirigido por los profesores del MIT John Dower y Shigeru Miyawaga, quienes ha creado una plataforma para examinar amplios corpus de imágenes antes  inaccesibles, componer textos con imágenes en alta resolución y usar las nuevas tecnologías para iluminar a través de las imágenes analizadas nuevos aspectos de la historia social y cultural. Quien navegue por el sitio se encontrará con cuatro secciones tituladas Essay, Visual Narratives, Image Galleries, Video and Animation. 

Puede considerarse a este proyecto como una derivación del MIT OpenCourseWare, la publicación gratuita de materiales de curso empleados en el MIT en los que se pueden obtener las notas de las conferencias, problemas matemáticos y más recursos, así como ver videos de conferencias y demostraciones.

Así The Visualizing Cultures Curriculum ha creado una serie de cursos o unidades, por ahora hay accesibles 29, sobre historia asiática, particularmente de China y Japón y también de Filipinas, para facilitar a profesores y estudiantes la lectura de imágenes relacionadas con la historia de ese continente.

Visualizing Cultures

Para apreciar otros logros de esta plataforma se puede visitar:

Visualizing Portugal: The New State (1933-1974), sitio web desarrollado para la Fundación Gulbenkian de Lisboa, en el que se hace una exploración visual del Estado Novo, la dictadura portuguesa que puso en pie Antonio de Oliveira Salazar, primer ministro de Portugal entre 1932 y 1968. Despliega entre otros temas el de la educación e ideología en el nuevo estado. Los recursos visuales utilizados incluyen fotografías, álbumes, mapas, propaganda oficial, posters para el turismo, revistas ilustradas, materiales efímeros de exposiciones y libros de texto que promovieron la ideología oficial del Estado Novo.

Visualizing Portugal

Además de resaltar la importancia de estos proyectos tengo interés en presentar la extraordinaria Media History Digital Library fundada y dirigida por David Pierce en la que se puede acceder por ahora a un millón trescientas mil páginas de numerosas revistas digitalizadas relacionadas con la historia del cine, la televisión y la radio. Hay disponibles las colecciones completas de unas 35 publicaciones como Cine-Mundial (1916-1946), la versión en español de Moving Picture World, y The Educational Screen (1922-1962), y colecciones incompletas de más de ciento cincuenta publicaciones como  Education by Visualization (1919), Educational Film Magazine (1919-1922), The Optical Lantern and Cinematograph Journal (1904-1905), Visual Education (1920-1924) International Review of Educational Cinematography (1929-1934).

Media History Digital Library

Entre las publicaciones que se pueden consultar se encuentra International Review of Educational Cinematography (1929-1934), vinculada al IEC, un organismo dependiente de la Liga de Naciones dedicado al estudio de las posibilidades educativas del cine. Se publicaba mensualmente en cinco idiomas, los que la Liga de Naciones consideraba más importantes: el inglés, el francés, el italiano, el alemán y el español. Ojeando la revista se encuentra interesante información sobre el uso del cine como instrumento educativo en la España de finales de la dictadura de Primo de Rivera y en la Segunda República. Guillermo Díaz Plaja, sobre cuyo interés por el cine educativo llamó la atención no hace mucho Juana María González García (ver aquí) en su contribución al libro Aulas modernas que coordiné recientemente, colabora por ejemplo en los volúmenes de 1931 y 1934 de esa publicación internacional, cuyo impacto entre los educadores republicanos españoles explica que el director del Instituto del Cardenal Cisneros de Madrid Vicente García de Diego, decidiese en las vacaciones de navidades de 1931 hacer obras en ese centro de enseñanza para crear una amplia sala de proyecciones y suscribir al Instituto a una cinemateca, como señalé hace unos días en mi post Enero 1932: el empuje educativo y científico-técnico en el Madrid republicano de mi otra bitácora Jaeinnova.

Para facilitar la búsqueda y visualización de las casi dos millones de páginas almacenadas en la Media History Digital Library se ha creado Lantern, una ágil y flexible plataforma de búsqueda y visualización de documentación creada por Eric Hoyt, de la Universidad de Wisconsin-Madison, Carl Hagenmaier y Wendy Hagenmaier, basándose en la herramienta open source Sorl, inspirada en el trabajo de los creadores de la Open Library como explican en este ensayo publicado en E-Media Studies (ver aquí).

Lantern

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Imperial Cities as Cultural Nodes: A View from Early Twentieth-Century Tokyo

Global Urban History

Jordan Sand, Georgetown University

Kuo Hsueh-hu Festival on South St Guy Xuehu, “Festival on South Street”, 1930 [1] I recently published a collection of essays exploring the culture of the Japanese empire. It proved impossible to talk about this subject without talking about other empires, which provided the institutional models and many of the material forms for Japan’s imperial modernity. And the case of imperial Japan, which brought Western modernity to other countries in Asia and the Pacific while at the same time seeking to modernize itself based on Western models, suggested the fruitfulness of considering modern imperialism not simply in terms of a metropolitan core and colonial periphery, but as a set of networked sites of asymmetrical encounter. In this framework, imperial cities take on special importance, as places of rapid cultural change and of cultural interchange. Since the fundamental structures of colonial empires were explicitly hierarchical, culture tended to move through these networks…

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Philippe Noirel comenta el relevante libro para la historia global de François Julien “Entrer dans une pensée”

En el blog histoire globale Philippe Noirel -a cuyo itinerario intelectual se aproximó hace unos años Philippe Lacour-, ha hecho una amplia reseña del libro del filósofo y sinólogo francés François Julien, Entrer dans une pensée ou des possibles de l’esprit, publicado en Paris por Gallimard, en 2012.

Entrer dans une pensée

Philippe Noirel considera esta obra un libro fundador para quienes se preocupan por la historia global. Por su interés la transcribo en esta bitácora.

En este libro Julien muestra un amplio conocimiento de la civilización china, algunos de cuyos logros pude admirar recientemente en el extraordinario Museu do Oriente de Lisboa.

L’histoire globale est par définition critique à l’égard de l’histoire traditionnelle, jugée eurocentrée, privilégiant les dynamiques européennes sur toutes les autres, également trop imprégnée des catégories occidentales d’analyse. De fait, une composante centrale de cette histoire globale vise à repérer l’eurocentrisme dans toutes ses dimensions, ce dont ce blog s’est souvent fait l’écho. Elle n’en est pas moins elle-même l’objet d’une critique forte : en élaborant la complexité des flux de marchandises, de techniques, d’idées, d’abord sur le continent afro-eurasien, puis à l’échelle planétaire, en définissant les acteurs de ces mouvements, elle continuerait à le faire dans les termes mêmes de la pensée européenne, identifiant des États, des marchés, un possible capitalisme, etc. Disons le d’emblée : cette critique paraît largement justifiée et, jusqu’à un certain point, salutaire. Il est ainsi possible que l’histoire globale des flux soit finalement plus utile en tant que pédagogie d’un décentrement très progressif, permettant à ses lecteurs de se débarrasser « en douceur » de leurs préjugés, qu’en tant que discours scientifique, supposé universalisable (qualificatif auquel, à l’évidence, elle ne peut prétendre).
On pourra cependant objecter que l’histoire globale n’est pas seulement élaboration d’interconnexions, à l’échelle de continents ou de la planète. Elle passe aussi par la méthode de la comparaison entre des sociétés supposées différentes, comme l’a brillamment illustré Kenneth Pomeranz dans Une grande divergence, entre Chine et Grande-Bretagne. Là encore cependant, cette pratique peut facilement laisser l’analyste, surtout s’il prend une situation européenne comme un des termes de la comparaison, en dehors des significations et représentations propres à la société « comparée ». La tentation sera grande de chercher dans cette dernière, au pire ce qui lui manque en regard de la « référence », au mieux ce qu’elle a de plus, mais sans vraiment décentrer le regard, sans nécessairement cerner les logiques implicites de l’autre société… Et c’est évidemment en ce sens qu’une certaine « histoire connectée » prétend constituer une alternative à l’histoire globale, en se penchant résolument sur les significations vécues par chacune des parties dans la rencontre ou en tentant de cerner comment les structures économiques, politiques, sociales, peuvent être vécues de part et d’autre. Pour ce faire, elle attache à juste titre une grande importance à l’analyse des textes ou témoignages oraux dans la langue même des parties prenantes. Peut-on pour autant penser qu’engager une telle démarche suffise pour en assurer la réussite ? A l’évidence non et c’est toute la difficulté de l’entreprise qui est indirectement démontrée par François Jullien dans cet ouvrage essentiel que constitue Entrer dans une pensée. Raison pour laquelle nous allons aujourd’hui nous permettre une exceptionnelle incursion dans la philosophie, ce qu’elle a à dire aux histoires globale, comparée, connectée, étant définitivement incontournable.
François Jullien veut nous faire « entrer » dans la « pensée » chinoise… « Pensée » prise, semble-t-il,  à la fois dans son contenu philosophique et dans ses modalités concrètes ou quotidiennes, deux signifiés vraisemblablement non séparables. Et au titre de l’expérimentation il va choisir une phrase clé du corpus littéraire chinois, assertion supposée illustrer correctement un mode de pensée encore prégnant aujourd’hui.  « Entrer », c’est-à-dire en percevoir, sinon en adopter, les « plis », l’implicite, autrement dit ce dont un locuteur a un mal infini à se déprendre, même quand il tente de procéder à l’exercice du doute, tel que la philosophie occidentale l’a pratiqué à partir de Descartes. Tentative à priori impossible pour nous, notamment parce que la pensée chinoise est solidaire d’une écriture très particulière, donc dans un rapport de « dépendance non dénouée avec le pouvoir figurateur du tracé », solidaire aussi d’une langue qui, dans sa variante  classique, est « sans morphologie et quasiment sans syntaxe ». Tentative que ne permet pas non plus la démarche qui consisterait à cerner les écoles de pensée, leurs oppositions et successions, approche trop calquée sur l’histoire conflictuelle de la pensée européenne et peu crédible dans le cas chinois du fait des « connivences sourdement nouées, des évidences inlassablement réchauffées ». Tentative qui est peut-être enfin fondamentalement bloquée par le présupposé que toute pensée procède à partir de « questions », ce qui est de fait le cas dans la pensée grecque, puis européenne, mais peut-être pas dans la pensée chinoise. Bref le risque est immense que, même en pratiquant cette langue, on passe à côté de cette pensée, ce que démontre a plaisir l’auteur dans ses trois premiers chapitres.
Dès lors comment faire ? Jullien nous propose d’étudier, retourner, malaxer, appréhender de plusieurs points de vue différents, une seule phrase chinoise, une phrase qui, comme dans toute autre langue  « secrète un ordre qu’on ne défera plus », obligera à penser dans son sillage et même « plie du pensable ». Il prend comme exemple d’une telle « pliure » la façon dont la première phrase de Proust, « Longtemps, je me suis couché de bonne heure », engage tout le déploiement de « A la recherche du temps perdu ». Et c’est dans le Yi Jing ou « Classique du Changement » que Jullien trouve sa phrase initiale, voire initiatique, celle qui va nous permettre une furtive incursion dans la pensée chinoise. Mais peut-on parler de phrase ? Il s’agit plutôt d’une succession de caractères que l’on peut considérer comme des « termes » et qu’il traduit par : « commencement – essor – profit – rectitude ». Bousculé par une telle différence, le lecteur occidental peut aisément considérer qu’il s’agit là d’une pensée prélogique, peut-être ésotérique, en tout cas non-structurée. Et déclarer alors qu’elle ne peut lui parler, le laisse indifférent et sans prise. Il peut aussi en être d’autant plus stimulé à suivre les développements que Jullien déploie ensuite et qui nous font commencer à « entrer »…
Cette « phrase » exprimerait d’emblée moins un sens qu’une cohérence. Ce serait « la formule-clé de ce qui fait indéfiniment réalité, dans son incessant procès, et que rien ne peut remettre en question – ne peut ni réduire, ni contredire ». Qu’on l’interprète en termes de succession des saisons à partir du printemps, de germination ou de reproduction, d’histoire des sociétés, il s’agit d’un mouvement englobant toute chose et tout être, ne marquant nulle tension ou opposition (par exemple avec un créateur ou une origine), ne laissant présager ni ailleurs, ni extérieur. L’angle de vue ici posé, pour parler en Européen, est « celui de tout processus déclenché et qui se propage, saisi dans son avènement et son déploiement ». Et si le profit consécutif à l’essor suggère une idée de moisson, pour que le bénéfice obtenu soit durable, encore faut-il « qu’il ne favorise rien de particulier, respecte un juste équilibre, ne dévie ni ne déborde. Aussi maintient-il par sa « rectitude », dernier terme de la phrase, son immanente capacité ; et cette fécondité à l’œuvre ne tarit-elle pas ». L’auteur se plaît ensuite à citer les commentaires faits en Chine sur cette phrase, notamment pour montrer combien elle n’interroge, ni n’explique, et même ôte toute prise au questionnement. En revanche, se présentant comme une évidence, tenant tout lié, cette phrase peut éveiller le soupçon du regard européen : « cet ordre si bien régulé ne servirait-il pas de machine à obéissance ? », de support idéologique à une conformité sociale sans cesse ressassée en Chine.
Arrivé à ce point, l’auteur nous a déjà fait « entrer » en dévoilant plusieurs intérêts d’une formulation aussi énigmatique au premier abord. Il a commencé à nous procurer un point de vue quelque peu chinois. Mais le franchissement du seuil va être réellement consommé en nous faisant confronter ce récit chinois de tout processus à ses équivalents occidentaux, celui de la Bible et celui des Grecs. Dans le récit biblique, nulle continuité, mais au contraire un évènement fondateur et un dieu créateur extérieur ; chez Hésiode, un fondement éternel en partie en contradiction du reste avec la dimension temporelle. D’un côté une théologie, de l’autre une mythologie. Mais pour nous l’essentiel n’est pas dans le contenu : il est au contraire dans ce résultat « technique » étonnant qu’obtient François Jullien, à savoir nous permettre de relativiser chacune des trois traditions par les deux autres et même de lire les deux interprétations occidentales des origines avec un regard extérieur… On arrive peu à peu à moins de complaisance vis-à-vis des séparations et conceptualisations qui nous sont familières, on aperçoit plus facilement en quoi l’idée d’un créateur extérieur, par exemple, tout à la fois oriente définitivement et limite drastiquement la pensée européenne ultérieure. Et on en vient finalement à trouver bien des vertus au récit du Yi Jing tout en relevant son ambiguïté politique.
Il est certes impossible de résumer ici le corps d’un texte dense et érudit, dans lequel le simple amateur de réflexion philosophique peut aisément se perdre. Mais la trajectoire suivie par l’auteur ensuite est clairement exposée. Il commence par montrer (chap. 9 et 10) combien les traditions hébraïque et hellénique sont de fait déjà interdépendantes car métissées en amont, sans doute à Babylone, certainement aussi en relation avec la foisonnante mythologie propre à la pensée indienne des origines. Ne seraient-elles donc qu’une ultime variation dans une infinité de récits des origines, tous soumis à des contradictions internes comme à des incompatibilités mutuelles ? Du coup, le retour à la phrase chinoise (chap. 11) montre cette dernière comme incroyablement décantée : « on mesure alors à côté de quoi, sans s’en rendre compte, celle-ci est passée ; on la lit (du dehors) dans ce (qu’elle ne sait pas) qu’elle ne dit pas ». Et on réalise qu’elle ne se prête pas « à contestation, à autre chose que de la glose et de l’explicitation ». Se pourrait-il alors qu’elle n’ait rien à nous dire ? Renversant la question au chapitre 12, Jullien montre que c’est tout autant la Chine qui est restée indifférente aux mythes ou théologies, et jusque tard rétive à nos catégories de pensée par trop clivantes. Et de fait, si des vestiges de mythologie subsistent dans la culture chinoise, ils ne se déploient pas, « enfouis ou travestis par une cohérence qui prévaut sur eux et les étiole ». La Chine aurait ainsi privilégié un parti-pris ritualiste « qui n’est pas explicatif, mais tend à déceler la ligne d’évolution des choses pour y lire une propension à laquelle se conformer ». Elle a de ce fait choisi un des « possibles de l’esprit ». Ce qui l’amène à être fort peu concernée par d’autres partis-pris, les nôtres en particulier, de la même façon que son discours propre n’aurait rien à nous dire.
Cette variété des « possibles de l’esprit » est alors étudiée par Jullien dans l’exemple grec (chap. 13). Il voit dans la langue un outil clé de construction dans/de la pensée et montre remarquablement combien le grec « construit un sens » à partir d’une grammaire qui induit le concept de cause, lequel hypothèquerait définitivement la suite de la réflexion (y compris la notion de Dieu). A l’inverse le chinois (classique) « condense des cohérences », sans doute en grande partie du fait de son absence de grammaire, de temps, de distinction entre passif et actif, etc. et se traduirait en « formules » plus qu’en énoncés logiques. Penser selon les Grecs sera alors « trancher successivement dans une série organisée d’alternatives s’impliquant les unes à partir des autres, optant pour une solution et refusant l’autre », ce sera « problématiser ».  Chez les Chinois, ce ne sera pas cette déduction des raisons mais plutôt un dévidement ou enfilement, la phrase étant aussi processive que ce qu’elle entend faire entendre, et la problématisation étant superbement ignorée. Sur ces bases, l’auteur consacre le chapitre 14 à réhabiliter le sens de la traduction, à condition que celle-ci fasse précisément entendre ces écarts et permette de faire « entrer », non pas tire tout de suite vers les catégories européennes des textes qui leur sont profondément étrangers, phénomène dont il donne des incarnations certes grotesques mais qui ont malheureusement longtemps fait autorité. Au final il considère que la révélation de ces multiples « possibles de l’esprit » est sans doute le moyen d’un dialogue fructueux entre l’Europe et la Chine, de façon notamment é caractériser ce substrat commun dont les « possibles » auraient dérivé, mais cette conclusion paraît moins étayée et brillante que le reste de sa démonstration.
On ne cherchera pas à construire ici, en conclusion, ce que pourrait être pratiquement l’apport du livre de Jullien à l’histoire globale (ou connectée ou comparée). Cela se fera peut-être, ici ou là, par le travail effectif et l’étude attentive des « écarts ». Il me semble clair néanmoins que cet ouvrage devrait être, pour nous, véritablement fondateur.
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