Presentación del libro El orden de las palabras. Orígenes de la filología moderna en España de Mario Pedrazuela

Antes de ayer, viernes 5 de noviembre de 2021, en el incomparable marco de la iglesia de San Quirce, que fue convertida en sede de la Universidad Popular Segoviana en 1927 y es actualmente la sede de la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce, presenté en compañía del integrante de esa academia Juancho del Barrio y de su autor, Mario Pedrazuela, el libro El orden de las palabras. Orígenes de la filología moderna en España, publicado por la editorial Marcial Pons.

Previamente participé también el 15 de septiembre pasado en la presentación que se hizo de esa obra en la sede de la Fundación Ramón Menéndez Pidal junto a José Antonio Cid, Inés Fernández Ordóñez y Mario Pedrazuela.

En este video se recogen nuestras intervenciones

He aquí los contenidos de mi intervención en ese acto celebrado el pasado 15 de septiembre en la mencionada Fundación.

Buenas tardes.

	Permítanme iniciar esta intervención con una serie de agradecimientos.
	
	En primer lugar, a Mario Pedrazuela, el autor de la obra El orden de las palabras. Orígenes de la filología moderna en España por ofrecerme la oportunidad de escoltarle en la presentación del libro que nos congrega esta tarde.
	En segundo lugar, a la Fundación Ramón Menéndez Pidal, organizadora de este evento y anfitriona de todos nosotros.
	En tercer lugar, a la editorial Marcial Pons por la cuidada publicación de este libro, que incluye un valioso índice onomástico y a la editorial CSIC por haber contribuido a su financiación. 
	Y a todos ustedes por su presencia. 
	
	Añadiré en este preámbulo una confidencia: estar en esta especie de “sancta sanctorum” de los filólogos españoles y lugar de la memoria de nuestra cultura científica me produce una especie de “miedo escénico”, máxime al estar acompañado en esta mesa por personas que saben mucho más que yo de los asuntos sustanciales abordados por el libro que se presenta, conectados con el surgimiento de la filología como materia científica y disciplina académica en la España del siglo XIX. 

	Pero además de “miedo escénico” también experimento una gran alegría por tener la oportunidad de participar en la puesta de largo de una obra meritoria por muchos conceptos, que tiene además la fortuna de presentarse en esta sala remozada dedicada a esa gran mujer que fue María Goyri, presente en cierta medida en la portada del libro que comentamos. 

	Esa portada reproduce un grabado de la revista ilustrada La Ilustración Española y Americana del 30 de octubre de 1899.  En él  aparecen un aula y  la monumental escalera del Instituto del Cardenal Cisneros, que estaba adosado a la Facultad de Filosofía y Letras de la denominada en aquella época Universidad Central, dos lugares que son importantes protagonistas en las páginas de El orden de las palabras. Pues bien, quien visite hoy ese instituto histórico de Madrid se encontrará al final de esa escalera con una placa colocada por una promoción de sus alumnos en honor no sólo de Ramón Menéndez Pidal sino también de María Goyri y Goyri. Los dos se graduaron de bachilleres en ese centro docente, lugar de formación de un amplio contingente de las elites que dieron forma al Estado liberal en el siglo XIX. Según esa placa María Goyri se graduó de bachiller en 1899, en el mismo año en el que se hizo el grabado que se reproduce en la portada.

	En cierta medida el libro elaborado por Mario Pedrazuela orbita en torno a esos dos personajes, aunque quizás María Goyri esté algo opacada, cuando el autor y los que estamos en esta sala sabemos cuán importante fue esa mujer en la trayectoria científica y en el equilibrio emocional del fundador de la que es denominada escuela de filología española. 

	Al final del capítulo sexto, y penúltimo de El orden de las palabras se nos ofrecen las claves de por qué el libro gira en torno a Menéndez Pidal, a mi modo de ver. Allí se nos explica cómo el real decreto de 21 de julio de 1900 firmado por el conservador García Alix, tras asumir la cartera del recién creado ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, reformó la Facultad de Filosofía y Letras para adaptarla a los avances científicos que se estaban produciendo en las materias que se estudiaban en ella. 

	En esa renovación se creó una cátedra de Filología Comparada de las Lenguas indoeuropeas, cuyo primer ocupante fue Ramón Menéndez Pidal. A partir de entonces, como subraya Mario Pedrazuela, se produjo un despliegue de la filología como disciplina científica bajo el liderazgo de don Ramón, quien lo ejerció desde diversas plataformas institucionales. Entre ellas cabe destacar al Centro de Estudios Históricos que la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científica creó en 1910 y que el autor de la obra que se presenta conoce en profundidad, como ha mostrado en otras publicaciones previas a este libro. 

	Pues bien, como se sostiene en la página 199 de El orden de las palabras la ingente obra de la persona que ordenó construir el edificio que nos alberga es ininteligible sin tener en cuenta la herencia científica y cultural que asumió, legada por sus antecesores, cuya genealogía y aportaciones son analizadas por Mario Pedrazuela desde una triple perspectiva.

	Por una parte, a lo largo de los tres primeros capítulos se aborda el surgimiento en Centroeuropa a principios del siglo XIX de una nueva disciplina científica que tenía al lenguaje como objeto de estudio, se exponen sus conexiones con las ciencias biológicas, particularmente con la teoría darwinista, y se examina su recepción inicial en la España ochocentista.

	Los cultivadores de esa nueva disciplina científica, influidos por el conocimiento y estudio del sánscrito durante el último tercio del siglo XVIII, empezaron a descubrir una serie de principios y leyes generales sobre el origen y evolución del lenguaje y a establecer una clasificación de las lenguas, como hiciera Guillermo de Humboldt, basándose en la estructura dominante de la palabra como unidad gramatical. Desfilan entonces ante los lectores de esta obra las aportaciones de los fundadores de esa nueva ciencia lingüística: Franz Bopp, profesor de sánscrito de Guillermo de Humboldt, quien sería tan relevante en la historia de las ciencias como su hermano Alejandro, entre otras razones por haber impulsado a la universidad de Berlín como un centro investigador; Friedrich Schlegel; Jacob Grimm, autor en 1822 de una importante Gramática germánica, y August Schleicher, responsable de una obra muy influyente Compendio de la gramática comparada de las lenguas indoeuropeas, en la que intentó reconstruir el idioma protoindoeuropeo y que se publicó entre 1861 y 1862 muy poco después del Origen de las especies de Darwin. 

	En esta parte de El orden de las palabras se muestran las interrelaciones e interconexiones entre la nueva ciencia lingüística y los métodos de las ciencias naturales, y viceversa pues  Darwin también estaba muy atento a los avances de esa nueva disciplina científica que surgía en el panorama cultural europeo. Así lo muestra Mario Pedrazuela al transcribir una reflexión de Darwin en la que ese gran naturalista constató que “es un hecho muy notable, y muy curioso a la vez, que las causas que explican la formación de las diferentes lenguas explican también la de las distintas especies y constituyen las pruebas de que ambas proceden de un progreso gradual tan curioso como exacto”. [p. 64]

	Los métodos y aportaciones de la nueva ciencia del lenguaje penetraron lentamente en la sociedad española por una serie de razones sociales y culturales. No obstante, se nos ofrecen pruebas de cómo a partir de la década de 1850, medios de comunicación e integrantes de la Academia de la Lengua se mostraron receptivos a las contribuciones de la nueva disciplina que transformó el conocimiento de la evolución de las lenguas. Tal receptividad se acrecentó durante el Sexenio democrático en un clima de efervescencia científica y desarrollo de la libertad de pensamiento. 

	Otros dos capítulos están dedicados a exponer las vicisitudes de los estudios dedicados a la lengua y a la literatura en los niveles educativos de la enseñanza media y la enseñanza superior. 

	En el abordaje de la situación en los institutos de bachillerato se elige como objeto de análisis el estudio de las diferentes propuestas de moderados y progresistas en torno a la enseñanza del latín y el castellano y su enfoque diferenciado sobre el conocimiento de la historia de la literatura. Aparece entonces un mundo conservador partidario de potenciar la enseñanza de la lengua latina en detrimento de la lengua castellana y defensor de formar a los alumnos en el arte de la retórica. Y un ámbito progresista favorable a consolidar la lengua castellana como vehículo de comunicación entre las diferentes colectividades de la nación española y a encarar el estudio de la literatura entroncándolo con ideas filosóficas y estéticas para favorecer el desarrollo de la imaginación y el espíritu crítico del alumnado. 

	Respecto a la enseñanza superior se presenta en detalle la lenta incorporación de propuestas de la nueva ciencia lingüística a la Facultad de Filosofía, transformada en Filosofía y Letras, a partir de la ley de Educación impulsada por el ministro Claudio Moyano en 1857. En este capítulo cabe destacar la importancia concedida por el autor al sexenio democrático como un período favorable a la modernización de los estudios lingüísticos resaltando el carácter innovador del decreto republicano de 3 de junio de 1873. El nuevo plan de estudios, de carácter efímero, impulsado por el ministro Eduardo Chao contemplaba entre otras asignaturas los “Principios de Filología y Filología Comparada”, y en su preámbulo se exponía la conveniencia de impulsar los “estudios literarios y filológicos”, apareciendo este término por primera vez en disposiciones ministeriales.

	El orden de las palabras se completa con otros dos relevantes capítulos, en los que se nos presentan bocetos biográficos, expuestos de manera muy vívida, de una docena de autores, que realizaron aportaciones de desigual valor a esa disciplina en construcción que fue la filología en el panorama académico español del siglo XIX. 

	En el cuarto capítulo, dedicado a explicar el asentamiento de las nuevas corrientes filológicas en España, se muestran las aportaciones a la ciencia filológica de cuatro figuras señeras de la intelectualidad española contemporánea. 

	De Milá y Fontanals se destaca el impacto que tuvieron sus encuestas y su trabajo de campo particularmente en tierras catalanas. Respecto a Joaquín Costa se abordan sus contribuciones al estudio de la dialectología desde presupuestos darwinistas y su invención de términos nuevos como el de “isoglosa” para definir la línea imaginaria que marca aquellos lugares en los que se da un mismo fenómeno lingüístico. Unamuno se planteó ser filólogo. Hizo su tesis doctoral, que presentó en 1882, sobre la lengua vasca. Y posteriormente realizó una edición del Poema del Mío Cid, en el que pretendía hacer la biología del castellano. Pero como muestra Mario Pedrazuela de manera convincente el maestro del ensayismo en lengua española carecía de la paciencia requerida para cultivar una ciencia necesitada de un trabajo metódico y perseverante, acumuladora de hechos, atenta al análisis de los detalles de los fenómenos lingüísticos. Quien sí reunió esas cualidades, una gran ambición intelectual y un plan de trabajo de largo alcance fue Ramón Menéndez Pidal, en cuya trayectoria inicial 1896 fue una especie de “annus mirabilis”. Publicó en ese año La leyenda de los infantes de Lara, conoció al líder de los krausistas e institucionistas Francisco Giner de los Ríos, maestro de la “intelligentsia” del liberalismo democrático, e impartió en el Ateneo de Madrid un curso sobre “Orígenes de la lengua castellana”, al que asistió María Goyri, y en el que Pidal expuso los fundamentos del plan de trabajo que desplegaría de manera fructífera en las décadas siguientes, como podrá comprobar, por ejemplo, quien visite las instalaciones de la casa que nos acoge.

	Junto a esas cumbres de la filología y del pensamiento en lengua castellana en el último capítulo del libro que comentamos Mario Pedrazuela nos resume las trayectorias de otros ocho filólogos de carácter menor, pero cuya labor fue significativa para entender el basamento sobre el que se construyó el edificio de la escuela de filología española. Quizás ese capítulo podría haber estado precedido de unas consideraciones sobre los contextos en los que esos autores produjeron sus obras y cómo las circunstancias que les envolvieron influyeron en su quehacer. 

	Por ejemplo, alguno de esos autores logró dar continuidad a una herencia ilustrada, caso del latinista Alfredo Adolfo Camús, nacido en 1797. Otros son típicos representantes de una mentalidad romántica, asociada a la construcción del nacionalismo liberal, como José Amador de los Ríos nacido en 1816. Diferentes a ellos son los pertenecientes a la conocida como “generación intermedia”, que agrupa a los nacidos entre 1820 y 1835, quienes transitaron del romanticismo al positivismo, y fueron responsables de la recuperación cultural que se produjo en la España bajoisabelina que preparó el dinamismo científico del Sexenio democrático.  En ese grupo se situarían Francisco Fernández y González y Francisco de Paula Canalejas, nacidos respectivamente en 1833 y 1834. Y finalmente se podrían agrupar a los que abrazaron el positivismo como Manuel de la Revilla y Antonio Sánchez Moguel, nacidos en 1846 y 1847. 

	Por cierto, tengo la impresión de que el positivismo fue un movimiento científico e historiográfico, más potente de lo que se sostiene en algunas páginas de El orden de las palabras. 

	Gracias a la labor de los positivistas, por ejemplo, se editó una magnífica colección de libros raros y curiosos a lo largo del último tercio del siglo XIX en la que se dieron a conocer obras tan significativas de nuestra literatura renacentista y medieval como La lozana andaluza y las Andanzas y viajes de Pero Tafur. 

	O se efectuaron fundadas críticas del trabajo editorial de los románticos, tan poco preocupados por seguir las reglas de la ecdótica, esa rama de la filología que tiene por cometido editar textos de la forma más fiel posible al original o a la voluntad del autor, procurando la eliminación de errores de transcripción. Así se aprecia en el sarcástico “Pasillo bibliográfico” publicado en la Revista Europea el 19 de noviembre de 1876 a propósito de la descuidada edición de la Historia general de las Indias que escribiera Gonzalo Fernández de Oviedo en las primeras décadas del siglo XVI, efectuada por José Amador de los Ríos a mediados del siglo XIX, llena de gazapos y errores de transcripción. Aunque tan demoledora crítica aparecía como anónima su autor es uno de los más cualificados representantes de la “bonne méthode” que introdujeron los positivistas como fue el naturalista e historiador Marcos Jiménez de la Espada, otro notable representante de esa generación intermedia que sufrió el debilitamiento de la herencia ilustrada tras la crisis del Antiguo régimen y la invasión napoleónica pero que gracias a sus afanes y laboriosidad favoreció el resurgimiento del sistema científico-técnico a partir del sexenio democrático, como expuse en mi Breve historia de la ciencia española.

	Evidentemente estos peros no tienen nada que ver con las duras críticas que proliferaban en la época que aborda el libro que comentamos. Por ejemplo, Clarín en uno de sus Paliques publicado en El Heraldo el 5 de mayo de 1897 tildó a Ramón Menéndez Pidal de “instantáneo, medieval y medio tonto”. Como bien explica Mario Pedrazuela Clarín aprovechó su tribuna periodística para descargar en el sobrino la inquina que le tenía a su tío, el cacique asturiano Alejandro Pidal.
 
	Añadiré finalmente dos consideraciones.
 
	Una es expresar mi alborozo por el alumbramiento de una obra fruto de un cóctel en el que se han mezclado en buenas dosis laboriosidad, ambición intelectual e ilusión por desbrozar caminos nuevos en el ámbito del conocimiento de la filología. Una obra que, a mi modo de ver, es también resultado del ambiente estimulante que durante unos años supo generar la institución en la que trabajo, el Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC, en cuyo seno en parte se gestó este libro, si no me equivoco. Un Centro en el que se conserva, afortunadamente, parte del legado creado por el Centro de Estudios Históricos de la JAE, que dirigiera Ramón Menéndez Pidal desde su creación hasta su extinción, legado que complementa el existente en este edificio. 

	La segunda tiene que ver con un consejo que me atrevo a dar a su autor, inspirado en una reflexión de Menéndez Pidal expuesta en una entrevista que le hizo en 1916 Federico de Onís, personaje que conoce muy bien Mario Pedrazuela. En ella don Ramón evoca cómo le impactó en su lectura infantil de la Biblia la frase “maldito el que una vez puesta la mano en el arado vuelve la cabeza atrás”. De tal manera que desde que publicó su primer trabajo Menéndez Pidal decidió mirar hacia adelante construyendo su edificio intelectual a partir de los cimientos de su obra primeriza: los estudios del Poema del Mío Cid. 

	Imitando a Don Ramón, pienso Mario -discúlpenme el atrevimiento de dirigirme personalmente al autor- que has de perseverar en la producción de tu labor intelectual y proseguir tu escalada de montañas como hacen no sólo los deportistas, sino también los trabajadores intelectuales como evocaran, entre otros, Einstein o el alemán Helmholz en su autobiografía El pensamiento en medicina. Tras tu Vida y filología, dedicada a darnos a conocer la obra de tu maestro Alonso Zamora Vicente, y El orden de las palabras en el que reconstruyes, con tino y solvencia, los orígenes de la filología moderna en la España del siglo XIX, has de ofrecernos nuevas obras que nos permitan seguir conociendo las vicisitudes de la filología y de los filólogos españoles.

	A estas consideraciones añado, claro está, una apostilla. Lean ustedes el libro que estamos presentando. Aprenderán mucho y disfrutarán de los frutos que nos ofrece Mario Pedrazuela en el singular árbol del conocimiento que constituye la obra a la que nos estamos aproximando. Sus páginas interesarán no sólo a filólogos, sino también a los estudiosos interesados por la historia de la educación y de las ciencias, y a cualquier ciudadano culto que tenga curiosidad intelectual por saber más de un período oscuro, por estar mal estudiado, como fue el apasionante y fascinante siglo XIX. 

	He dicho. Gracias por su atención. 


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Aulas abiertas y profesores viajeros: una contribución colectiva sobre la renovación de la enseñanza secundaria en los países ibéricos (1900-1936)

 

Aulas con memoria portadaportada libro Aulas modernas

Tras la edición de los libros Aulas con memoria. Ciencia, educación y patrimonio en los institutos históricos de Madrid (1837-1936), editores Leoncio López-Ocón, Santiago Aragón, Mario Pedrazuela  (Madrid, Doce Calles-CEIMES, 2012) y Aulas modernas. Nuevas perspectivas sobre las reformas de la enseñanza secundaria en la época de la JAE (1907-1939) , editor Leoncio López-Ocón, (Madrid, Dykinson-Universidad Carlos III, 2014) se publica ahora, tanto en versión papel como en su versión digital (ver aquí), la obra Aulas abiertas. Profesores viajeros y renovación de la enseñanza secundaria en los países ibéricos (1900-1936) (Madrid, Dykinson, Universidad Carlos III, 2018), editada por Leoncio López-Ocón, Víctor Guijarro y Mario Pedrazuela.

 

Aulas abiertas

 

Se completa así una trilogía dedicada a profundizar en el conocimiento de una etapa fundamental del sistema educativo, como es la de la enseñanza secundaria, y a ofrecer nuevas perspectivas de investigación sobre unos lugares fundamentales en la producción y reproducción de conocimientos como han sido las aulas donde se formaron los bachilleres, particularmente en el primer tercio del siglo XX cuando se produjo una consolidación del sistema científico español gracias a la labor de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas presidida y dirigida por el tándem formado por Santiago Ramón y Cajal y José Castillejo.

Los tres libros mencionados son el resultado de otros tantos proyectos de investigación: «Ciencia y educación en los institutos madrileños de enseñanza secundaria a través de su patrimonio cultural (1837-1936) [S2007/HUM-0512]», financiado por la Comunidad de Madrid entre los años 2008 y 2012; «Educación “integral” para los jóvenes bachilleres: cambios promovidos por la JAE en la enseñanza secundaria (1907-1936)» [HAR2011-28368]; «Dinámicas de renovación educativa y científica en las aulas de bachillerato (1900-1936): una perspectiva ibérica» [HAR2014-54073-P], financiados por la Secretaría de Estado de Investigación, Desarrollo e Innovación entre los años 2012 y 2014 y 2015-2018 respectivamente.

La obra colectiva que se presenta ahora es una aproximación al papel desempeñado por la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE) y la institución homóloga portuguesa Junta de Educaçao Nacional (JEN) en la renovación de los métodos y las prácticas educativas en los centros de enseñanza secundaria de los dos países ibéricos en el primer tercio del siglo XX.

Se aborda ese objetivo mediante una doble estrategia. Por una parte, se ofrece la biografía colectiva e individual de más de una cincuentena de profesores de instituto pensionados por la JAE en el extranjero que contribuyeron a la renovación de los métodos usados en las diversas disciplinas que se impartían en la enseñanza secundaria. Por otro lado, se ofrecen diversos estudios de caso que muestran las innovaciones que se introdujeron en la enseñanza de las ciencias y de las humanidades en institutos españoles y liceos portugueses entre 1900 y 1936. Así se analizan los cambios producidos en la interacción con los objetos científicos para evaluar qué tipo de enseñanza experimental se llevó a cabo, y se realizan aproximaciones a los dispositivos visuales  usados en las aulas para potenciar la enseñanza por los ojos, como fueron las placas de cristal y el cine.

Aulas abiertas  permite por tanto:

a) disponer de una visión de conjunto de la cultura normativa de la educación secundaria como se explica en la primera y tercera parte del libro,

b) conocer en profundidad la trayectoria docente e investigadora de un grupo significativo de actores comprometidos con la renovación de la enseñanza secundaria en el primer tercio del siglo XX, como fueron los docentes de institutos pensionados por la JAE para trabajar en centros de investigación y docentes extranjeros, de los que se presentan biografías individuales de cincuenta y cinco de ellos, -en la cuarta parte-  y biografías corales, -en la primera parte-

c) ofrecer, como se hace en la tercera parte,  casos concretos de introducción de nuevos métodos y prácticas renovadoras en la enseñanza de diversas disciplinas, prestando particular atención al uso de dispositivos visuales, como las placas epidoscópicas (antecedente de las diapositivas) y el cine educativo, para favorecer un aprendizaje más intuitivo y activo entre los futuros bachilleres

y d) aproximarnos, lo que se hace en la primera y segunda parte, a una comparación entre las dinámicas educativas y científicas de las aulas de los institutos con las de los liceos portugueses en un contexto en el que los profesores de enseñanza secundaria de los dos países ibéricos compartieron desafíos comunes y prácticas pedagógicas similares y en una coyuntura de estrechas relaciones entre la JAE y el organismo homólogo portugués, la Junta de Educaçao Nacional (JEN) (1929-1936).

Este es el índice de contenidos de la obra:

A manera de introducción por Leoncio López-Ocón, Víctor Guijarro, Mario Pedrazuela

Primera parte

Profesores de enseñanza secundaria pensionados por la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas  y por la Junta de Educaçao Nacional.

  1. Viajes con retorno del profesorado de los institutos españoles

1.1   Ciencias Naturales y Agricultura por Leoncio López-Ocón y Santos Casado

1.2.  Física y Química, Matemáticas y Filosofía por Víctor Guijarro

1.3.  Lengua y Literatura española, Latín y Lenguas Modernas por Mario Pedrazuela

  1. Entre rupturas e continuidades. A Junta de Educação Nacional (1929-36) e a renovação pedagógica liceal por Quintino Lopes.

Segunda parte

 La adopción de nuevas prácticas y materiales de enseñanza

  1. La interacción personal con el objeto científico y la acción educativa: notas, máquinas dóciles y manuales (1885-1910) por Víctor Guijarro
  2. Percursos de modernizaçao das ciencias físicas nos liceus (19000-1930) por Isabel Malaquías
  3. A sala de aula e as ciencias naturais. O ensino experimental nos liceus portugueses: realidade ou utopia? por Inês Gomes
  4. Efectos de renovación educativa en la enseñanza de la Historia Natural del Instituto de Murcia a través del relato de su material científico por José Pedro Marín
  5. La linterna de proyección y la renovación de la educación científica de los bachilleres españoles en el primer tercio del siglo XX por Javier Frutos, Carmen López San Segundo, Beatriz González de Garay Domínguez, Manuela Carmona García
  6. Literatura y cine en las aulas de enseñanza secundaria. La colaboración de Guillermo Díaz-Plaja en la Revista Internacional del Cinema Educativo (1929-1934) por Juana María González

Tercera parte

La construcción de la cultura normativa en la educación secundaria en España

  1. Francisco Villacorta Profesorado, título y carrera: avances y fracturas de la segunda enseñanza pública en España entre los siglos XIX y XX

Cuarta parte

Las trayectorias de 55 docentes de Institutos españoles pensionados por la JAE por Leoncio López-Ocón, Mario Pedrazuela, Víctor Guijarro, Leonor González de la Lastra, Vicente Fernández, Juana María González, Carmen Masip, Natividad Herrero, Rebeca Herrero

  1. Agricultura: José María Albareda, Florencio Bustinza, Luis Crespí, Juan Dantín Cereceda, José Lorenzo Fernández
  2. Dibujo: Alfonso Rodríguez Castelao
  3. Filosofía, Etica, Psicología y Rudimentos del Derecho: Joaquín Alvarez Pastor, Eloy Luis André, Julián Besteiro, Federico Dalmau, Fulgencio Egea, Fermín Herrero Bahillo, Rubén Landa, Manuel Souto Vilas
  4. Física y Química: Jenara Vicenta Arnal, Gonzalo Brañas, Miguel Catalán, José Estalella, Antonio Gaite, Severiano Goig Botella, Andrés León Maroto, Ricardo Montequi, José Vicente Rubio Esteban
  5. Geografía e Historia: José Luis Asián, Rafael Ballester, José María Igual Merino
  6. Historia Natural, Fisiología e Higiene: Pedro Aranegui, Fermín Bescansa, Rafael Candel, José Fuset, Joaquín Gómez de Llarena, Federico Gómez Llueca, Daniel Jiménez de Cisneros, Gabriel Martín Cardoso, Faustino Miranda, Abilio Rodríguez Rosillo, José Taboada Tundidor, Carlos Vidal Box
  7. Latín: Eduardo García de Diego, Clemente Hernando Balmori, Miguel Herrero García, Angel Pariente, Juan Francisco Yela Utrilla
  8. Lengua y Literatura española: Eugenio Asensio, Pilar Escofet Benítez, Samuel Gili Gaya, Pedro Antonio Martín Robles
  9. Lenguas modernas: Francés: Bigta Armenta, Antonio Machado; Inglés: Joaquina Eguaras Ibáñez
  10. Matemáticas: María Capdevila, Ruperto Fontanilla, Emilio Pérez Carranza, Pedro Puig Adam, Angel Saldaña Pérez.

 

 

 

 

 

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